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Entonces, ¿es vergonzoso o no?

En una sociedad actual en la que nos arroya el ritmo frenético y nos cuestionamos si tener novio es vergonzoso o no, me (y te) pregunto: ¿es una cuestión de independencia fingida o es, más bien, una regularización de nuestros estándares relacionales? Sí, es verdad, el capitalismo nos empuja hacia el individualismo y a encontrar la satisfacción en la autorrealización profesional, pero lo que también es verdad es que, tal y como señala Chante Joseph en su artículo, “si tener novio solía ser el gran premio de tu vida, y ahora hay mujeres que se preguntan si ya no lo es, bueno... eso tiene que descolocar bastante” y, definitivamente merece una deep talk, ¿no crees?

Hay melones que no pueden esperar a ser abiertos, porque quizás se pudran antes. Así que, empiezo yo. Me voy a saltar el análisis social en el que se establece el hombre como el premio más codiciado al que una mujer pudiera postular y el nacimiento del concepto paralelo de “solterona” (y te lo dice una fan de los Bridgerton). Me dirijo directamente a: ¿qué estamos haciendo? ¿Dónde se encuentra la barra de nuestros estándares? Yo, con un bagaje bastante escueto, he decidido no aceptar nada que no me deje con la boca abierta. Y ahí me nace otra duda: ¿es esto una exigencia legítima o una forma elegante de evitar la vulnerabilidad? El otro día, veía un TikTok de una chica que hablaba de que solo querría a un hombre al que admirara profundamente. Y es entonces cuando me planteé que quizás ahí esté el cambio real: ya no buscamos mera compañía, sino inspiración. Alguien que amplifique nuestra vida, no que tan solo encaje en ella. Y claro, entonces, vuelvo a la pregunta inicial: ¿evitamos el vínculo o seleccionamos de manera más consciente? Porque, ¿por qué conformarse con menos cuando nuestro nivel de autoexigencia está por las nubes? Y sinceramente, pienso que, quizás, ya era hora de subir un poquito el listón y dejar de establecer nuestros ‘no negociables’ en básicos como que nos escuchen o sean leales a los márgenes de cada pareja. Aunque también cabe preguntarse si al elevar tanto ese listón, hemos dejado de ‘fluir’ y empezado a relacionarnos desde la evaluación constante más que desde el descubrimiento. Como si las citas se hubieran convertido en entrevistas y no en encuentros. Como si estuviésemos actualizando y tachando constantemente nuestra check-list. Suena calculador, ¿no?

Pero, entonces, entra en juego la dating fatigue: el cansancio de conocer a una persona tras otra sin terminar de dar con la adecuada. Es decir, para que me entiendas: el bar hopping del mundo de las citas. Y todo esto saltándome el not all men, ese ensayo socioanalítico de lo desastroso y misógino que es el mundo de las citas modernas, y la sensación de ser fácilmente reemplazable. Así que sí, la mayoría de nosotras queremos compañía, pero nos enfrentamos a la pregunta incómoda: ¿a qué precio? Y es aquí cuando me viene a la cabeza The Hardest Part de mi queridísima Olivia: esa sensación de querer compartir tu vida con alguien sin perderte, pero también sin conformarte con menos de lo que mereces. Sin dejar de protegernos, pero sin bajar la barra. 

Al final, no se trata de entenderlo como rechazar el amor ni construir murallas a nuestro alrededor. Sino, como una revalorización de lo que merecemos y de aprender a elegir con intención. Y es que subir la barra no es arrogancia, es honestidad con una misma. Y sí, molesta. Como siempre han molestado las conversaciones incómodas. Quizás por eso es que vale tanto la pena.

Y si algo he aprendido escribiendo esto, es que las preguntas complicadas merecen más de una charla. Así que, si te quedas, nos seguiremos viendo por aquí.

Cheers!